martes, 6 de noviembre de 2018

Del tú y yo al nosotros

En el “Cantar de los Cantares” está representado el desarrollo de la unión y comunión entre los esposos, desde la perspectiva de Cristo y la Iglesia. Este desarrollo se evidencia aun en los pronombres usados en la comunicación diaria.




Del tú y yo al nosotros


Marcelo Díaz P.


Al interior de la familia, a nosotros los adultos, nos toca una doble responsabilidad que nos hace estar permanentemente en oración y dependiendo del Señor. Una tiene que ver con nuestra función como esposos. La otra con nuestra función como padres. En esta ocasión nos abocaremos a la primera. 


Ser esposo(a) no es una tarea fácil. Todo el entusiasmo inicial, vez tras vez, es probado y perfeccionado al ritmo del ajuste matrimonial. Los nuevos esposos cristianos progresivamente construyen el “nosotros”. Las acciones, el lenguaje, la manera de pensar y de sentir, van seriamente transformándose en el proceso de ser uno. Fijemos la atención en un matrimonio cristiano con varios años, y nos daremos cuenta que en la medida que pasa el tiempo, cada vez se van asemejando más el uno al otro, aún en los aspectos físicos.

¡Qué hermoso misterio, esto de ser uno! El apóstol Pablo, hablando del matrimonio, dice: “Grande es este misterio”, en relación a Cristo y su iglesia, dejando en evidencia que el matrimonio es una expresión de la unidad eterna.(Ef.5:32).


Los pronombres en el “Cantar de los cantares” 


Existen muchos ejemplos en las Escrituras para hablar de la unión matrimonial, pero ninguno como el del “Cantar de los cantares”. Allí se nos revela el desarrollo de la unión y la comunión entre los esposos desde Cristo y la Iglesia. 


En los primeros capítulos del Cantar, llama la atención que los pronombres empleados son primera y segunda persona singular. (“tú”y “yo”). Los esposos se declaran su amor y sus virtudes pero siempre desde el “tú” y “yo”. 


Es a partir del capítulo siete que el pronombre utilizado es primera persona plural (“nosotros”). Casi al final del “Cantar” los esposos completan el “nosotros” uniéndose en un mismo sentir. Notemos los verbos empleados: “Salgamos” (7:11a), “moremos” (7:11b), “levantémonos” (7:12a), “veamos” (7:12b), “tenemos” (8:8), “edificaremos” (8:9a) y “guarneceremos” (8:9b). ¡Qué consideración más grande!, ¡qué dependencia!, ¡qué respeto!, ¡qué intimidad! La esposa se siente parte del marido, el marido se siente parte de la amada. Es una abierta invitación a incluirse y a fundirse en el otro.


El lenguaje pareciera jugar un papel importante en la unión matrimonial, que de alguna manera refleja la vida interior del corazón. Me pregunto: ¿Cuántos esposos (a), pese a los años , aún viven en el “tú” y “yo”?. ¡Cuidado, nuestro lenguaje nos delata! ¿Te suenan conocidas las siguientes oraciones?: “¡...Tu hijo(a) está pidiendo comida!”, “¡...Ésta es mi casa!”, “¡...Cuidado con mi auto!”, “¡Yo compro lo que quiero, para eso trabajo!”; “...Voy donde mi familia”; “¡...Tu familia es la culpable!”; “¡...En mi casa se hacía de esta manera!”

Cuando se integra el “nosotros” no se habla divorciadamente, los esposos(as) cristianos aprenden que detrás de cada acción está el respaldo y la responsabilidad de ambos.

Repasemos una vez más los verbos antes señalados: 


“Salgamos”


El primer verbo empleado es “salgamos”. (“Ven, oh amado mío, salgamos al campo”). Es decir, ir desde un punto a otro. Implícitamente está la idea de no anclarse en un lugar, en una posición, en una idea, en una obstinación, en un problema. ¿Cuántos matrimonios viven detenidos por años en un punto del cual no pueden salir? ¿Cuántos afectos comprometidos se alojan en tu relación y te impiden avanzar? ¿Cuántas raíces de amargura te detienen? 


Noten que el verbo no es “sal” (tú), pues eso te excluiría del otro. Es “salgamos”, por lo que está implícita la necesidad de esperarse, de incluirse en el problema que está afectando y de no avanzar sin el otro. Hermano(a) una parte tuya se queda atrás si tu “sales” sin tu esposa (o) 


Qué invitación más preciosa la de salir, no en vano la palabra iglesia (ek-klesia) significa “salir hacia fuera”. Salir del mundo, salir del sistema, salir de nosotros mismos para hallarlo a Él. Como nos dice la exhortación: “Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento, llevando su vituperio...” (Hb. 13:13).


El segundo verbo es “moremos”. (“moremos en las aldeas”). “Rabí, ¿dónde moras?”... le preguntaron los discípulos al Señor. Jesús respondió: “Venid y ved” (Jn. 1:38). La Escritura dice que Jesús no tenía dónde recostar su cabeza.(Mt.8:20). El Hijo moraba permanentemente en la presencia del Padre. Su morada era en el Padre. El estaba en el Padre y el Padre estaba en Él.


De igual manera, los esposos viven juntos, crean un espacio físico, psíquico y espiritual, consagrado a y en Cristo. Morar implica asentarse, establecerse para compartir “juntos y en alegría”, como nos señala el salmo 133. 


“Moremos”, es una invitación práctica para vivenciar la vida del Hijo reflejada en el matrimonio. Por ejemplo, ¿te has preocupado en proveer de un ambiente físico adecuado y privado para estar junto a tu esposa?. En relación a esto, quisiera destacar la importancia que tiene para la relación el hecho de que los esposos vivan “solos”. Es frecuente que en un comienzo del matrimonio la tendencia, por motivos económicos y afectivos, sea vivir con los padres. Pero esto conlleva un riesgo que es mejor evitar. La dirección del nuevo hogar que se inicia tiende a confundirse , las relaciones comienzan a estropearse y en algunos casos los esposos continúan siendo “hijos”, delegando sus responsabilidades en sus padres o suegros. Por lo cual este “moremos” significará también, para los esposos, en lo posible, vivir solos.


“Levantémonos” 


El tercer verbo empleado es “levantémonos”. La Sulamita dice: “Levantémonos de mañana a las viñas...” (Ct. 7:12). Esta pluralidad en la acción podría indicarnos la actitud hacia el trabajo. La labor de sustentar el hogar le corresponde al marido. La Escritura está llena de pasajes que así nos lo enseñan. Ahora, fíjense en la hermosa acción de la esposa, cómo se incluye en el quehacer del marido. Cómo estimula. Qué aliciente más grande es para un varón la compañía de su esposa en la acción de su trabajo. “Lo tuyo es mío, tu esfuerzo es el mío, estamos juntos en esto”. Esta mutualidad en el esfuerzo les hace uno: en consecuencia, el producto de lo ganado será para beneficio de ambos y de todos.


Existen también casos en que las esposas, apoyando la responsabilidad del marido, colaboran directamente con un oficio o profesión. En tal situación la tentación de independizarse de la acción del marido puede llegar a ser nefasta y hasta fatal. ¡Cuidado! “Levantémonos” implica: hagámoslo juntos, para un mismo fin, con un mismo propósito, para un mismo fondo. 


No olvidemos que la tarea divina primordial para las esposas es la crianza de los hijos, sobre todo en los primeros años de vida. Por esta causa, “levantémonos” implicará también sobrevigilar juntos, en forma permanente y en conciencia delante del Señor, sobre todo si esta situación, de alguna forma, se está viendo afectada con perjuicios para la familia. En tal caso el matrimonio tendrá que tomar decisiones radicales por la salud psíquica y espiritual de los hijos.


“Veamos”


El cuarto verbo es “veamos”. Es decir, observemos, juzguemos, analicemos, advirtamos, distingamos. “Veamos si brotan las vides”... (Ct.7:12). Esta acción es estar atento al fruto de la relación o del trabajo, que conlleva a los esposos esperar el mismo producto. Es decir, que el propósito sea el mismo. Surge la necesidad de que ambos vean y esperen lo mismo. Para esto se requiere primero conocer qué es lo que Dios espera de ambos y luego fijar la atención en procurar dar el fruto esperado. ¿Hacia dónde vamos?, ¿qué esperamos de nuestra relación?, ¿qué espera Dios de nosotros?, ¿conoces el propósito de Dios para el matrimonio? Por lo general, cuando se encuentra el “para qué”, se encuentra también el “cómo”. 


Por otro lado, esta mutua participación en el “ver” (si brotan las vides...) implica “vigilar”. Los esposos deben cuidarse mutuamente, no celarse, sino cuidarse. Los horarios, las actividades y las relaciones con otros deben estar a la luz de ambos. No puede haber cosas ocultas en la relación, puesto que esto llamará, cada vez más, a la desconfianza, independencia y/o al celo.


“Tenemos”


El quinto verbo utilizado es “tenemos”. La idea principal aquí es que los esposos comparten una misma cosa, sea ésta un bien, una situación de éxito o de aflicción, como parece que es en el caso de la Sulamita (Cant. 8:8).


Es curioso ver cómo algunos matrimonios defienden con tanta fuerza las posesiones o pecunios individuales. Claro está –y es cierto– que en algunos matrimonios uno de los cónyuges aporta más a la relación. Sobre todo al comienzo, el matrimonio, en su necesidad, recibe todo cuanto pueden de sus respectivas casas de origen, pero lo importante es que lo reciben para integrarlo a lo que pasará a ser de ambos. Constituyéndose así, el “tenemos”.


A lo largo de la vida matrimonial se presentan muchas situaciones de aflicción, algunas más agudas que otras. Por lo que edificar “el tenemos”, ayudará al matrimonio a compartir las cargas. La Sulamita dice: “Tenemos una pequeña hermana que no tiene pechos” (Cant. 8:8). Esto es un problema que aflige al matrimonio. Literalmente, ¿puede haber una hermana de ambos si están debidamente casados? La respuesta es “No”, pero él y ella hacen suyo el problema de la pequeña hermana. Ahora, sabemos que el lenguaje poético permite este tipo de alegorías; no obstante, lo que quiero destacar, para este fin, es cómo se involucran ambos en la misma aflicción, cómo sobrellevan ambos las cargas. Cómo el problema de la hermana pasa a ser problema de ambos, y hermana de ambos. 


De esta manera, hermano, el problema de tu esposo (a) es tu problema, la aflicción de tu esposa (o) es tu aflicción, aún cuando desde tu masculinidad o feminidad sea irrelevante.


“Edificaremos”


El sexto verbo es “edificaremos”. La acción de edificar es conjunta . En el “Cantar”, ambos esposos dedican su esfuerzo en construir un palacio de plata sobre la hermana, si se dijera que es muro. (Cant.8:8,9) Esto nos muestra cómo se involucran los esposos en el servicio hacia los demás. El matrimonio proyecta en el Señor un servicio común sin poner impedimentos. Mas aún cuando la gracia concedida a uno, no sea la misma que la del otro. Ambos se coordinarán y ayudarán para la edificación mutua y la de otros. “Edificaremos” es cultivar un espíritu de sumisión los unos a los otros. Así cada uno en el lugar en que Dios le puso “recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Ef.4:16).


Los hermanos necesitan la edificación de matrimonios que se entreguen ambos a esta labor. A veces se ven hermanos que son muy serviciales en la acción a la iglesia, pero también se les ve desligados de sus esposas, o viceversa. Qué bien nos hace saber que existen Aquilas y Priscilas dispuestos a edificar las vidas de otros por amor al Señor.

No sólo se edifica con una palabra, sino también, y didácticamente, con el ejemplo. Este aspecto de la sumisión, especialmente de la esposa, significará un gran respaldo al servicio de aquellos que sirven en la palabra. 


“Guarneceremos”


Y el ultimo verbo es “guarneceremos”. (“La guarneceremos con tablas de cedro”). Ligado a lo anterior “guarnecer” significa dotar, equipar, armar, abastecer, aprovisionar.


En una obra de construcción, la primera etapa es edificar, luego está el afinar y el equipar. Por lo que “guarneceremos” lo entenderemos como esta segunda etapa de servicio, en la cual se requiere una percepción más afinada. Por ejemplo, muchas veces la percepción femenina es sabia, práctica y oportuna. ¿En cuántas oportunidades, una acotación, un detalle que captó tu esposa fue fundamental para sanar o suplir una necesidad? O bien, ¿cuántas veces la paciencia y templanza de tu esposo abrió nuevas posibilidades de solución? De esta manera el servicio se complementa absolutamente en el matrimonio y se potencia con más recursos cuando participan ambos.


Construyamos el “nosotros”


En consecuencia, la función de esposos, en el matrimonio, no es de poca importancia. De ella dependerá gran parte de nuestro función parental con nuestros hijos y el servicio a los demás. Construir el “nosotros” es una tarea enriquecedora pero no exenta de dificultades, por lo que se requiere de una operación directa de la gracia Divina. Nosotros los cristianos dependemos de esa gracia y es nuestro deber espiritual ofrecernos permanentemente al Señor para que ella sobreabunde. Amén.


Fuente: http://www.aguasvivas.cl/revistas/17/10.htm

¿Feliz o amargamente casados?


Cómo escapar de los peligros físicos, anímicos y espirituales de la amargura en el matrimonio.



¿Feliz o amargamente casados?

Marcelo Díaz P.

La amargura en el matrimonio es muy común. Cientos de matrimonios que comienzan llenos de felicidad, al cabo de un tiempo terminan separados, con una experiencia muy amarga. Sin embargo, no quiero focalizar la atención sobre ellos, sino sobre aquellos que se atrevieron a continuar, pero que en el transcurso de los años han visto sus vidas deterioradas por una constante tensión.

La vida matrimonial la componen dos personas que deciden amarse para toda la vida. En esta relación, cuando uno de los dos equivoca el camino mostrando su faceta más egoísta, hace que la otra parte experimente el dolor de la amargura.

¿Qué es la amargura?

¿Qué es la amargura? Según se describe, se asemeja a puntadas en el corazón. Es una molestia permanente. Un sentimiento de incomodidad y desagrado. Un estado emocional en el cual la persona (el cónyuge) siente que no hay nada más que hacer. La angustia, la tristeza, la impotencia, el dolor, la resignación han llegado a un punto máximo en el cual no hay salida. Es un punto muerto, de soledad y vacío. Es un pozo oscuro en el interior del alma, donde sólo existe dolor. Emociones, pensamientos y voluntad son impregnados de un horrible sabor.

Todos en algún momento hemos sentido en mayor o menor grado amargura; es parte de nuestra humana naturaleza. Pedro, el discípulo de Jesús, experimentó en su carne la amargura; sufrió al considerar su deplorable conducta. Frente al dolor del fracaso, lloró amargamente (Lc. 22:62). Pero albergar raíces de amarguras, esto sí es un problema serio. Tan serio que tiene graves consecuencias, especialmente en la vida espiritual. La amargura, al permanecer, ocupa un lugar en el corazón y se extiende estorbando la operación de la gracia de Dios en la vida del creyente. Por esta causa somos exhortados en la epístola a los Hebreos diciendo: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15).

Piensen un momento en lo vasto de la gracia Dios. Dios es abundante en gracia, pero ésta puede ser entorpecida en un corazón que cultiva raíces de amargura. 

De allí que también Pablo, en la carta a los Efesios, advierte este problema y exhorta a los hermanos diciendo: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef.4:31).

Una mala elaboración de lo que ocurre en el matrimonio hará que el corazón dé lugar a un sentimiento inapropiado, y pasado el tiempo corre el riesgo de convertirse en una raíz.

Características de la amargura

La amargura tiene tres características que la hacen ser muy perjudicial en la vida de los esposos creyentes.

Primero, tiene un sustento racional lógico. Es decir, lo que ocurrió efectivamente es real y racionalmente explicable. Tu mente se armará de un constructo racional que explicará lo que ocurrió, validando tu sentimiento al dolor y dejándote esclavo de dicha situación. De esta manera, la amargura se fortalece sustentada en una explicación racional, de hechos o circunstancias, en los cuales hará que te ubiques en una posición de víctima. Por lo tanto, tus pensamientos dirán: “Él (o ella ) fue quien pecó; yo soy inocente”; “Él (o ella) voluntariamente lo hizo; no es suficiente que me pida perdón”, etc.

Segundo, quien haga de oyente a la explicación de tu amargura, te encontrará la razón. De manera que si un hermano te escucha, lo más probable es que termine pensando: “Pobrecita(o), la(o) compadezco”; “No me gustaría estar en su pellejo”; “Qué tremenda prueba”; “Tiene toda la razón”, etc.

Tercero, ningún oyente se atreverá a cuestionar tu relato, pues si se atreve a contradecir tu argumento, corre el gran riesgo de ser catalogado como inmisericordioso, mal amigo(a), mal hermano(a) y falto de amor cristiano.

¿Se dan cuenta lo perjudicial que es llenarse de amargura? Es una prisión interna, del corazón, donde no hay lugar para nadie más que para tu dolor. Efectivamente, es ser esclavo de sí mismo, una sutil trampa en la cual los esposos se dejan embaucar, y luego, sin darse cuenta, están atestados de amargura, la que traerá consigo enojo, gritería, y maledicencia. (Ef. 4:31).

Las amigas de la amargura

Ahora bien, como si esto fuera poco, existen por lo menos tres sentimientos asociados, que son como amigas de la amargura, y que participan activamente del proceso.

La primera es la autocompasión. Este sentimiento es, en otras palabras, sentirse víctima de los demás. El cristiano comienza a poner los ojos en sí mismo y en el dolor que le embarga, acarreando una suerte de sentimientos hacia sí, de conmiseración, de compasión. Como si el centro de la atención de todo el universo fuese él (o ella). Entonces los pensamientos te dirán: “Pobrecito de mí”, “Siempre me pasa lo mismo”, “Tengo el cielo ganado por sufrir tanto”, “Él (ella) tiene que venir a pedirme perdón”, “Yo no hice nada malo”, etc.

La segunda es el resentimiento. La memoria juega una muy mala pasada, puesto que se activa poderosamente en volver a recordar, y por lo tanto a revivir, lo ocurrido. Una y otra ves se ‘re-siente’ todo lo que se vivió en aquella ocasión. Algo así como una memoria de elefante viene súbitamente para recordar aún los detalles más escondidos de la situación, trayéndolos a colación una y otra vez. Como rumiando, masticando la amargura y extrayendo de ella todo su amargo sabor. De manera que en cada discusión o desacuerdo sacarás una y otra vez el episodio que tanto te duele, enrostrán-dolo a tu esposo(a).
La tercera es la paranoia. Este es un estado afectivo en el cual se comienza a interpretar la realidad de acuerdo a tu subjetividad, donde se siente que todos se han confabulado en contra de tu persona. Toda la realidad pasa por el filtro de lo ocurrido; por lo tanto, todos participan, de una u otra manera –coludidos– planeando tu destrucción. Así, un esposo(a) celoso comenzará a interpretar las llamadas telefónicas, los saludos de los hermanos(as), las salidas de compra, los horarios, los ruidos, las amistades, etc. ¡Qué tragedia! Todo esto parece una invención, pero lamentablemente es parte de nuestra humanidad. 

Ahora, por un momento, piensen en las tres características antes señaladas de la amargura, súmenle sus tres grandes amigas colaborando activamente. Y pregúntense: ¿habrá lugar para la gracia de Dios? 

La amargura no sólo impedirá alcanzar la gracia de Dios en tu interior, sino que todos los que estén afuera serán contaminados, especialmente tus hijos, pues de la abundancia del corazón habla la boca. Cuando ha llegado a afectar tu hablar significa que la amargura comenzó a tomar forma en tu interior. De modo que tus pensamientos irán trabajando a favor de sentimientos amargos, y pronto tu voluntad asumirá una postura frente a la vida, una actitud de desprecio por ciertas personas, especialmente por quien es el causante de tu dolor. Así toda el alma será presa de sí misma.

Posteriormente, tu vida espiritual comenzará a ser afectada, ya no podrás orar tranquilo, ni leer las Escrituras. Te comenzará a molestar la comunión con los hermanos. La vida espiritual matrimonial te disgustará, encontrarás hipócrita a tu cónyuge, perderás cada vez más el gozo de ser esposo(a), y por último, también el gozo de la salvación.

Y como si esto fuese poco, siendo el ser una sola unidad, (espíritu, alma y cuerpo), tu cuerpo también se verá afectado, recibiendo, como último eslabón, el efecto pernicioso de la amargura. Somatizarás enfermedades y dolores difíciles de diagnosticar, que acarrearán una calidad de vida cada vez más pobre y deteriorada. Como, por ejemplo, en la carta de Santiago se exhorta a algunos hermanos que están enfermos a sanarse, llamando a los ancianos de la Iglesia, confesando sus faltas, y perdonándose unos a otros ¿No será que estos enfermos han llegado a este estado por tener raíces de amarguras acumuladas en contra de los hermanos ancianos? (Stgo.5:14-18).

¡Qué triste cuadro, qué penoso llegar a esta condición! Todo por la actitud del corazón.

La necesidad de perdón

¿Querrá Dios vernos llegar a tal estado? Claro que no. Por eso el remedio es uno solo. Para ser libres de toda esta trampa en la cual el corazón se ha entregado, el perdón es el remedio al corazón que sufre de dolor.

El perdón es un acto simple y sencillo, pero es imposible para la carne. La carne se resiste del todo al perdón y clama por una justicia no según Dios, sino de castigo y venganza. 

Un corazón así, primero necesita ser perdonado y luego perdonar. Un esposo(a) cristiano debe reconocer que la posición de su corazón ha estado equivocada, por lo que necesita liberarse de sí mismo y recibir la frescura del perdón. Pedir perdón a Dios por lo equivocado de su corazón. Someter los razonamientos al examen de la Palabra, la cual discernirá los pensamientos y las intenciones del corazón. (Hb. 4:12). Pedir perdón a Dios verdaderamente te hará libre.

Una vez teniendo clara conciencia de tu pecado –aún tu oración muchas veces ha estado teñida de tu egoísmo– estás libre por Cristo para perdonar. Tal vez alguien diga: “Es que yo no puedo perdonar”, y la respuesta ante eso es: “Efectivamente, no puedes perdonar”. Por eso es que necesitas a Cristo; en Él se nos ha dado una vida diferente, la vida eterna por medio de la cual somos vencedores.

Cristo es nuestro perdón, y es también quien perdona. La vida de Cristo opera a través de la nuestra, ofreciendo el perdón a quien, incluso –según nuestro perturbado juicio– no lo merece. Así de grande es la bendita obra de Cristo. Haz un cambio en tu oración. No ores más: “Padre, ayúdame a perdonar”, sino “Padre, dame más de Cristo”.

Amando con sabiduría

Todo marido cristiano requiere hacer el esfuerzo de comprender lo que es ser mujer, para así amar a su esposa como es debido.




Amando con sabiduría


Marcelo Díaz P.


En esta oportunidad quisiera escribir a mis amados hermanos maridos. El camino que hemos tomado, de servir al Señor a través del matrimonio, presenta a veces ciertas dificultades. Pablo lo advierte cuando declara: “Los tales tendrán aflicción de la carne y yo os la quisiera evitar” (1Co.7:28). También dice: “Pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” (1Co.7:33). Bien sabía Pablo que muchas de las cosas que se viven en el matrimonio no tiene mucho que ver con  la espiritualidad de los creyentes. A decir verdad, mucho de lo que se vive en el  matrimonio más bien tiene que ver con nuestras imperfecciones, con nuestra humanidad. Para ser justos, la vida matrimonial está llena de gratos y preciosos momentos cerca de Dios; pero también está rodeada de mucha de nuestra carnalidad. Es allí donde se manifiesta lo que en verdad somos.


Como decía un hermano: “Cuando yo era soltero era perfecto y espiritual, mas cuando me casé me di cuenta de que era imperfecto y carnal.” De modo que el matrimonio se constituye en el mejor instrumento de Dios para mostrarme lo débil que soy y lo mucho que tengo que crecer.


El reflejo de lo que tú eres


Cultivar la relación matrimonial es de suma importancia, ¿Quién mejor que tu esposa puede decir quién eres realmente? La esposa es el reflejo de lo que tú eres en realidad, pues la mujer es gloria del varón (1Co.11:7). Con respecto a esto, una cualidad interesante de los manuscritos originales es que en el griego clásico la palabra gloria (doxa) significa “opinión”. Pero, en el griego “koiné” (1)  del Nuevo Testamento significa “gloria”. De manera que, si fuese griego clásico, tendríamos que traducir “la mujer es la opinión del varón”. ¿Quieres conocer al varón? Mira a su mujer.


Así pues, un hermano puede sacar mucho provecho de la relación matrimonial, para, con la ayuda de su esposa, caminar hacia la madurez y, abastecido de la gracia, desarrollar y manifestar lo de Cristo. Sin embargo, otros pueden errar, y sumirse en la desesperación y el fracaso, mientras encuentran en su mujer crítica y oposición. De aquí surgen algunos malos comportamientos y excesos carnales en contra de sus esposas, y, por ende, en contra de sí mismos, puesto que “el que ama a su mujer a sí mismo se ama” (Ef.5:28).


El enseñoramiento con que algunos hermanos tratan a sus mujeres es una conducta fuera de la gracia, que sólo recuerda la tragedia del pecado (Gn.3:16). Me he dado cuenta que, en muchos casos, el autoritarismo funciona como un mecanismo defensivo frente a las amenazas; vale decir que, la autoridad impositiva que muestran algunos hermanos respecto de sus esposas (que llega en algunos casos a anularlas), tiene en gran parte que ver con la poca capacidad para  reconocer sus propios defectos, porque la esposa pasa a ser el espejo del marido. Por tanto, “empañarlo” se convierte en la mejor manera de defenderse y no ver las imperfecciones. Para esto, nada mejor que tomar como apoyo algunos versículos que sustenten tal posición y le den un barniz espiritual. Hermanos, esto no es Reino de Dios y es verdaderamente carnal.


Amor y delicadeza


Quisiera recordar, muy somera-mente, algunos pasajes de las escrituras para refrescar nuestra memoria. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amo a su iglesia, y se entrego  a sí mismo por ella ...” (Ef.5:25).


Todos sabemos cómo amó y ama Cristo a su iglesia. No podemos hacer vista gorda  a la evidencia de su amor ¡Qué ternura, qué compasión, qué trato más dulce, qué tolerancia, qué paciencia! ¡Cómo la sirve, cómo la atiende, cómo la cuida, cómo la sustenta! ¡Qué preocupación más grande la de Cristo por su iglesia! Si profundizásemos en el corazón del Hijo, sin lugar a dudas encontraríamos allí lugar especial y preferente por su amada. Así se nos llama a amar a nuestras mujeres. Es imposible explicar estos pasajes de otra forma. Esto no es romanticismo, esto es amor. De manera que los malos tratos, desatenciones y malas actitudes, no son los comportamientos que el Señor espera de nosotros. Noten cómo lo dice Pablo en Colosenses 3:19: “Maridos amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas.”


¿No se refiere a la actitud, a la delicadeza con la cual hay que tratar a las hermanas? Sin embargo, ¿qué hacen muchos? Ofenden, ridiculizan en público, hacen callar a sus esposas como si fuese una hija mal criada. Hermanos, esto está muy mal. Así no amó Cristo a su iglesia. Es cierto que algunos tienen esposas difíciles de carácter, pero nada justifica el mal trato y el desamor.


Conociendo la naturaleza femenina


Ahora quiero recordarles lo que dice Pedro. (1Ped.3:7): “Maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso mas frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida...”


La palabra nos llama a la sabiduría y para esto necesitamos conocer la naturaleza femenina. Todo marido requiere hacer el esfuerzo de comprender lo que es ser mujer. En esa búsqueda comprenderá la sensibilidad de lo femenino y sólo así podrá relacionarse con su esposa amorosamente. Por ejemplo, toda mujer pasa por un estado emocional más sensible en cierto período del mes, que los varones deben saber sobrellevar, puesto que son aspectos fisiológicos y hormonales los que la predisponen hacia esta situación. Por lo tanto, el mayor esfuerzo debe ser hecho por parte del marido, quien, como Cristo con su iglesia, ha de acogerla con amor. El mandamiento de andar sabiamente, apela a nuestra voluntad para hacer las cosas, no a nuestra mente o nuestros sentimientos. Su acento está en lo que quiero o no quiero hacer.


Seguro es que Pedro conocía a su esposa, por lo que, inspirado por el Espíritu Santo, nos ilustra con un símil: Lo femenino y un vaso frágil. La mujer es delicada como un vaso fácil de quebrar, por lo tanto, debe estar en un lugar de honor preferencial.


Luego, nos exhorta a considerarlas como a coherederas de la gracia de la vida. Aquí el apóstol levanta a la mujer al sitial de donde nunca debió caer. Sabemos de lugares y culturas donde la mujer es un objeto más de la casa, pero mire lo que nos dice el Señor: ellas participan de la misma herencia de la gracia de la vida, lo cual implica, en la práctica, el considerarlas con las mismas prerrogativas nuestras y tenerlas presente en todo momento.


Por último, Pedro cierra su pequeño discurso a los maridos con un broche de oro, “Para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (Ped.3:7). ¿Quiere decir que nuestro trato con nuestras esposas tienen un efecto espiritual en nuestra comunión con Dios? Sí; pues el siguiente versículo indica: “Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal” (1Ped.3:12).


Tiempo para recomenzar


En consecuencia, podemos decir que quien trata mal a su esposa tiene problemas con Dios. Es decir, tiene de alguna manera un problema espiritual, puesto que somos el reflejo de la relación de Cristo y su Iglesia.


Esto les aconteció a los varones de Israel cuando se presentaron al altar del Señor para dejar sus ofrendas. Dios no se las recibió y les reprochó de la siguiente manera: “...Así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado contra ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto.”
 

¿Se dan cuenta, hermanos, de lo importante que son para Dios nuestras esposas, y de los alcances que puede llegar a tener una buena relación de esposos? Manos a la obra, entonces, pues tenemos mucho tiempo por delante. Nunca es tarde para recomenzar y reparar los errores.“El que halla esposa halla el bien y alcanza la benevolencia de Jehová” (Pr.18:22). Amemos a nuestras mujeres y andemos sabiamente con ellas, como fieles representantes de Cristo y su iglesia. Amén.


Fuente:


El amor nunca deja de ser



Muchos nos han confesado dramáticamente: “Se me acabó el amor ...”, “Las cosas no se dieron como yo pensaba ...”, “Ya no la (lo) quiero” ... Si somos honestos, debemos reconocer que esto le ocurre a la gran mayoría de los matrimonios, tanto cristianos como no cristianos. Sin embargo, los cristianos tenemos una ventaja: tras la muerte del amor romántico, carnal, que se mueve al vaivén de los sentimientos y emociones, emerge el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones, y que ‘nunca de dejar de ser’.


El amor nunca deja de ser


Dios nos ama; nosotros somos sus hijos, y Él, como Padre, es el primer preocupado por el estado de nuestro matrimonio. Él desea socorrernos. Proverbios 13:18 dice: “Pobreza y vergüenza tendrá el que menosprecia el consejo; mas el que guarda la corrección recibirá honra.” Muchos hijos de Dios pasan por pobrezas y vergüenzas tan sólo por no poner oído atento al consejo del Señor.


Cuando hablamos de matrimonio en la iglesia, estamos hablando de la unión de dos personas que tienen a Cristo en su corazón, y que, por tanto, han pasado de muerte a vida. Estos hombres y mujeres tienen al Señor Jesucristo como su Señor y su vida. Entonces, se puede esperar de ellos que, a medida que el tiempo transcurre, mayor habrá sido la siembra para el espíritu que para la carne.


Si el abordar el tema matrimonial, no podemos apelar a la fe y a la experiencia del creyente, entonces nos encontraríamos en el plano de la carne y de la sangre, y deberíamos acudir a un profesional que nos asista con los recursos de la ciencia humana; pero los que somos de Dios, apelamos a sus recursos, ya sea al trono de la gracia (Heb.4:16) o a la vida eterna que llevamos dentro (1ª Timoteo 6:12).


El amor de Dios vs. nuestro amor


“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca dejar de ser...” (1ª Cor.13:4-8).


Aquí está descrito el amor ‘ágape’, el amor de Dios, el que nunca deja de ser. ¿Estará este amor muy lejos de nosotros? Romanos 5:5 dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” “Derramado” implica abundancia. Este es un hecho divino en el corazón del creyente. ¿Qué se puede esperar de un esposo y una esposa, que son hijos de Dios, redimidos por la sangre preciosa del Cordero, en quienes habita el Espíritu Santo, el cual los conduce y los regula? Convengamos en que nuestro Dios no nos ha dado sólo unos cuantos mandamientos para nuestra conducta, sino que primeramente nos ha capacitado y vivificado por medio de su Santo Espíritu (Gál.4:6; Rom.8:9-11).


Recordemos por un momento aquel amor que se encendió en nosotros cuando nos encontramos con la persona que creímos que llenaba todas nuestras expectativas. ¡Oh, qué precioso es cuando llega el amor! Entonces nada nos importaba; no tuvimos ojos para nada ni nadie más; nos llenamos de sueños ¡hallamos al hombre (o la mujer) ideal! Vinieron cartas, citas, regalos, etc. ... ¡preciosa experiencia!


Ahora bien, aquel amor juvenil, apasionado, ciego, ¿se compara (o se asemeja) con el amor de 1ª Corintios 13? ¿Era sufrido, sin envidia, sin rencor, capaz de sufrirlo y soportarlo todo? Evidentemente, no.


Muchos nos han confesado dramáticamente: “Se me acabó el amor ...” “Las cosas no se dieron como yo pensaba ...” “Ya no la (lo) quiero” ... Si somos honestos, debemos reconocer que esto le ocurre a la gran mayoría de los matrimonios, tanto cristianos como no cristianos. Por tanto, que los mundanos se divorcien resulta comprensible. Difícilmente aceptarán el sufrimiento, rápidamente pensarán en “rehacer sus vidas”. Ellos no tienen al Señor en sus corazones y no tienen contemplado obedecer a Dios en ningún punto; para ellos la ceremonia religiosa no fue más que un trámite, un evento social para el ‘glamour’ ... En cambio, para un esposo o esposa creyente, no está contemplado el abandonar jamás a la mujer de su juventud (Prov.5:18-19). Es una ingenuidad pensar en un matrimonio sin sufrimientos y/o conflictos de distinta especie. El que se casa debe estar prevenido y preparado para soportar y ser soportado en muchas (o muchísimas) cosas.


Un hombre en la carne (Rom.8:6-8; Gál.5:19-21) es absolutamente impotente para soportarlo o sufrirlo todo; sólo buscará su autosatisfacción. Es hedonista en esencia. Pero hablando entre hombres y mujeres que tienen viva y presente en sus corazones la realidad del “amor que nunca deja de ser”, no temeremos, pues cuando el inmaduro amor sentimental juvenil comienza a disminuir hasta morir, se levantará poderoso y firme el “otro amor”, el de 1ª Corintios 13.


Entonces vas a valorar y amar a tu mujer, porque el Señor mismo te dirá: “Marido, ama a tu mujer: El que ama a su mujer a sí mismo se ama.” (Ef.5:25-28). No se puede pretender amar al Señor y ser despreciativo con la esposa. No puedo (o no podemos) amar al Señor, respetarlo, honrarlo, serle fiel, y no serlo con mi esposa (o con mi esposo). ¿Podemos ver que hay una gran solidez cuando llegamos a la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo?


Nosotros con facilidad aplicamos el eterno amor de Dios a la salvación de los pecadores, a nuestra afiliación eterna al ser librados del infierno, y al participar de su gloria en el cielo. ¿Por qué no aplicarlo al matrimonio? ¿O acaso 1ª Corintios 13 no es aplicable a mi matrimonio?


Hermanos, nosotros tenemos tal amor, como ya dijimos, derramado en nuestros corazones. Nosotros proclamamos con gozo en medio de la asamblea de los santos: “La roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Sal.73:26). Entonces, digamos también: “La roca de mi matrimonio es Dios para siempre” ... Esto es verdad, porque ya no somos más dos. Hemos venido a ser una sola carne, y lo que es verdad para uno, también lo es para con quien soy uno. ¡Dios, el bendito Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo sostiene y sustenta nuestro matrimonio!


Hermanos, contrario a cuanto personaje público piense, nosotros concebimos el matrimonio para toda la vida. A medida que evolucione la presente sociedad donde nos ha tocado vivir, creemos que el matrimonio quedará –finalmente– circunscrito a los creyentes. Que el mundo haga o piense lo que quiera; los santos, nos santificaremos todavía (Apoc.22:11).

Una aplicación para el matrimonio (Efesios 4:17-32)


Consideremos ahora la palabra de Efesios 4:17-32 aplicada a la vida matrimonial: Ya no tenemos el entendimiento entenebrecido, ya no se concibe la dureza en nuestro corazón. Hemos sido alumbrados por el Señor para que ahora se refleje la vida de Cristo en nosotros; es tiempo que se manifieste cuanto hemos aprendido en Él y con Él.


¿En verdad le hemos oído, y hemos sido por Él enseñados? (vers.4:21). Si no es así, entonces no nos extrañemos por tantos fracasos. Nada podemos esperar del “viejo hombre” (4:22), pero todo podemos esperarlo del “nuevo hombre” (4:24), que es Cristo en nosotros (Col.1:27). Si esta palabra es aplicable a la iglesia en general, ¿cuánto más lo será al matrimonio, donde verdaderamente somos miembros el uno del otro? (4:25).

Hay una “ira legítima”, un enojo repentino, a causa de cualquier situación de la vida cotidiana, que no es pecado. El Señor nos pone límite: “No se ponga el sol” para que estas “iras” no se acumulen hasta reventar en un conflicto mayor.


“Ni deis lugar al diablo”. Aquí se trata de abrir una puerta el enemigo de todo lo que es de Dios. El Señor nos perdone por cuantas veces hemos dado lugar al diablo. Por esto llegan aquellos enojos, rabias y enemistades; las acusaciones mutuas se multiplican, se traen a la memoria muchas cosas que la sangre del Señor ya pagó y sepultó. Esto es absolutamente ilegal e ilegítimo. Satanás se siente de alguna manera autorizado: “Ustedes desobedecieron, me dieron lugar”. Él no traerá ternura ni comprensión; viene a romper la paz, a turbar, a llenarnos de amargura y dolor. En la iglesia velamos por no darle espacio al enemigo. Los que ministran o presiden luchan porque no se les ceda terreno alguno. Pero, hermanos, la vida de la iglesia no termina en la reunión de los creyentes; no tenemos una vida matrimonial y otra eclesiástica. Llegamos al hogar con nuestra esposa, que es también nuestra hermana en Cristo. Ya hay dos reunidos en su Nombre: el Señor está aquí (Mateo 18:20). No demos, entonces, lugar al que viene para destruir. Vamos a la perfección como iglesia, pero también como matrimonio (Hebreos 6:1).


La voluntad del Señor es que seamos sustentadores de nuestro hogar (4:28), y que no sólo se suplan nuestras necesidades, sino que tengamos aun para bendecir a otros. No nos conformemos hasta que esto se cumpla en nosotros, y que haya recursos para los más necesitados y para apoyar la obra de Dios.


Nuestras palabras pueden edificar o contaminar a quienes nos escuchan. No osaríamos hablar palabras corrompidas en la iglesia. Tampoco tengo licencia para ser descuidado en el hablar cuando llego a mi casa. En este sentido, no somos libres; somos esclavos de Jesucristo para vivir siempre en Él y para Él. (Col.3:17).


No contristéis al Espíritu Santo


Otra palabra para meditar: “Y no con-tristéis al Espíritu Santo de Dios ...” (4:30). ¿Cómo está, cómo se siente esta bendita Persona entre nosotros, en mi vida matrimonial? Se trata del Espíritu del Dios vivo, el que le dio vida a la iglesia el día de Pentecostés, el que hizo maravillas con los primeros apóstoles, el que fortalece con poder en el hombre interior, nuestro Consolador, quien nos conduce a todas las riquezas de Cristo, para poseerlas y disfrutarlas.


¡Qué tremendo es esto, hermanos! Que siendo tan poderoso el Consolador nosotros le contristemos y aun lo apaguemos con nuestras carnalidades! Dios no nos hizo autómatas, Él espera que nos rindamos, que demos nuestra anuencia a su gobierno y autoridad, y que, al mismo tiempo, juzguemos la bajeza, la vileza de nuestro corazón (“Miserable de mí”, Ro.7:24). Dios nos dio su Espíritu para honra, gloria, hermosura, poder y victoria, pero nuestra vanidad y soberbia natural lo contrista. “Perdónanos, Señor, por haberte contristado; por toda ofensa y desobediencia contra el consejo de tu Santo Espíritu dentro de nosotros.”


¿Conoce usted, hermano, la libertad del Espíritu dentro de Ud.? ¡Cómo nos inspira y fortalece! ¿Conoce usted una reunión de iglesia llena de gloria, esas que deseamos que no terminen. El Espíritu Santo gobierna todo ¡Qué glorioso! Entonces, no lo contristemos más. Que pueda desplegar toda su gracia para hacernos crecer y avanzar, así en el matrimonio habrá cada vez menos amarguras, enojos, griterías, etc. Todos estos estorbos habrán sido violentamente quitados (4:31) de los corazones que ahora están aprendiendo a vivir llenos del Espíritu Santo.


Esta sección de Efesios termina con una exhortación a la benignidad, a la misericordia y al perdón (4:32). Aplicado al matrimonio, esto es un fuerte golpe al ‘machismo’ y a la prepotencia de muchos maridos. Estas cosas le parecerán a muchos cosa de ‘debiluchos’. Pero los creyentes, los que son de Cristo, los que viven en el Señor, son capaces de humillarse y pedir perdón cuantas veces sea necesario, cada vez que tengamos testimonio de haber herido o defraudado a nuestra esposa o familia. Esta actitud les dará confianza, y serán así testigos del trabajo del Señor en el corazón del que se humilla. Sólo el carnal, el soberbio, no se humillará nunca...


¡Amados, que nuestro matrimonio sea como una ofrenda de olor fragante! (Ef.5:1-2).